miércoles, 8 de octubre de 2008
PUESTA EN FOCO
La deshumanizada y frívola profesionalidad con que la prensa en general tiende a sepultar para siempre este tipo de hechos arrastra consigo también la sepultura definitiva de la rica arboladura sociocultural con que algunos, sobresalientes por lo emblemáticos, además de simbólicos y representativos, suelen contener su buena y suculenta miga. No puede tratarse de otra cosa, salvo excepciones que confirman las regla, no que las niegan: tanto el periodismo como los deportes son estructuras hegemónicas a través de la cual el sistema imperante aspira a perpetuar su status quo mediante el abulonamiento de sus valores fundantes. Ahora, por su parte, los sajones suelen hablar de la cruel obstinación con que se presentan los hechos. Desde esta perspectiva, 1958 se empecina en exhibirse como un Año Bisagra con su correspondiente correlato deportivo, y el asesinato policial del adolescente Linker cumple con exceso todos los rigores de la autonomía cultural que tiene esta actividad en la sociedad donde está inserto, tal como contar con una historia propia, tener sus propia cronología con las respectivas efemérides que se van generando, también una legalidad y un tempo (Pierre Bourdieu). También el papel de lo hegemónico persuasivo que cumple el deporte en general, como una estructura segregada para la mantención de los valores del stablishment (Jennifer Hargreaves) sin por eso dejar de lado las vacaciones de la realidad (Herbert Spencer) que los primeros positivistas, padres de la sociología moderna, creyeron encontrar desde siempre en la actividad, todo reforzado por la idea de que en los estadios metropolitanos se celebran antiquísimas ceremonias que representan un sentido inverso de la vida, que lo van a seguir haciendo por milenios (Ezequiel Martínez Estrada), y donde esencialmente en esas ceremonias rituales se representan dos valores fundamentales que son las más caras a sus habitantes: la Proeza y la Muerte (Lewis Munford). La contrasociedad deportiva, que recién va a ser advertida casi veinte años después como negativo ideológico de un sistema cada vez cada vez más insoportable, tarde o temprano, terminaría siendo minada por las implacables leyes de la economía y la lucha de clases (Bernard Jeu). Casi una década después de este asesinato institucional en un estadio de los arrabales del mundo se dará cuenta del surgimiento y establecimiento definitivo de la espectacularización de toda la sociedad capitalista, cuyo hilo conductor para enhebrar la representación con que se presentan todo tipo de hechos, será, justamente, un sentido inverso de la vida (Guy Debord). Con muchos más motivos, el posmodernismo actual ofrece al fútbol como la mejor arena para que el hombre contemporáneo represente su drama (Roberto DaMatta). Nadie debe extrañarse si en cualquier pasaje, salvo algún dato o nombre que pueda resultar disonante, llega a creer que está leyendo algo que sucedió la semana pasada o que va a suceder el fin de semana que viene. Los estadios de fútbol tienen en su origen mismo el insalvable antagonismo de que simultáneamente operan como galvanizadas escafandras que aíslan totalmente de la realidad exterior (Ezequiel Martínez Estrada), pero al mismo tiempo el mundo imaginario que queda ahí representado resulta atrapante, fascinante, por ser el goce religioso, en miniatura, de la sociedad real, una perfecta escenificación de la dicha escatimada y la ilusión repetida (Vicente Verdú).
EL MUNDO ES UNA PELOTA O LA PELOTA ES EL MUNDO
Estos lineamientos van a vertebrar el presente intento de rescate del asesinato de Alberto Mario Linker en todas sus posibles dimensiones, a medio siglo de sucedido, sobre todo el entorno sociocultural y político en que tuvo lugar. De lo contrario, no sería otra cosa que un hecho policial más, quizá sólo una feliz crónica roja más. Para nada es necesario que un ciudadano de cualquier parte del mundo tenga que leer las Obras Completas de Sófocles y Freud para tener complejo de Edipo. Por eso, no resulta para nada casual que desde veredas totalmente antagónicas en apariencia como es el multimedios Clarín, por un lado, y la presidenta Cristina Fernández por el otro, hace poquito hayan exhumado este año, hasta con inusitada y culposa algarabía, los cincuenta años de la asunción de Arturo Frondizi a la presidencia de la Nación y el intento de resurrección del desarrollismo por el otro. Sobre la faz futbolera del período hubo un discreto mutis por el foro, como no podía ser de otra manera. El tríptico que componen el 6 a 1 en Suecia frente a los checos en junio y el desmoronamiento de toda una etapa de dirigentes como correlato inmediato, el asesinato de Linker tras cartón y el festejo hasta de La Nación (noviembre 11, 1997) que 1959 fue el Año de los Empresarios, ya con la instauración y pública y desembozada del Fútbol Empresa, al que poco después cierto recato por tanta perversión los lleve a rebautizarlo Fútbol Espectáculo, vertebrados con el debut oficial de la economía de mercado que empezará pregonar el ingeniero Alvaro Alsogaray desde el Ministerio de Economía gracias al 3% logrado con su partido, el Cívico Independiente, justamente creado para las elecciones presidenciales de 1958, muestran una armonía de los hechos obstinadamente consumados que jamás lo planificado y conspirativo podrían llegar a lograr.
Alberto J. Armando, concesionario de la Ford y paradigma de dirigente del aspirante a presidente de la Nación, el actual Jefe de la Ciudad, ingeniero Mauricio Macri, que va a ser uno de Los Tres Mosqueteros de la transformación, compró por primera vez a dos hombres con plata de su bolsillo en 1957, la entonces llamada ala izquierda del Real Madrid que formaban Dante Lugo y Antonio Garabal, oriundos de Ferro Carril Oeste, y cuando en 1959 vuelve de su proscripción por su pública condición de peronista de la primera era y reasume la presidencia de Boca Juniors para quedarse un cuarto de siglo con rango de sultán, se los revende al club que preside y resulta ocioso preguntar qué destino tuvo la diferencia entre las dos transacciones. “Yo tengo derecho a cometer delitos”, llegó a espetarle en la cara al juez en lo penal que lo interrogaba por la estafa de la rifa sin premio con que intentaron levantar la faraónica e inútil Ciudad Deportiva, devenida en algo así como un destartalado Coliseo romano que ni siquiera tuvo nunca cristianos y leones.
Y no bravuconeaba.
HASTA MARIA ELENA WALSH LES CANTO A LOS EJECUTIVOS
José María Muñoz, El Gordo de America, fue la simbiosis exacta y estentórea entre los estadios y las FF.AA. Ya se apuntó el festejo con bombos y platillos de La Nación que en 1959 había dado comienzo el Año de los Empresarios y adiós a todo viso de romanticismo, medias caídas, camiseta afuera del pantaloncito, no orinar en las escaleras, fair play o cosa que se le pareciera. Lentamente se empezaba a enhebrar la Religión de los Resultados. Eso sí, antes de continuar en otros vericuetos y la avalancha de datos es necesario resaltar que se había iniciado, a la luz del día, en lo simbólico futbolero, con el peso que tiene en la formación de la cultura de masas y la identidad social, la legalidad que será incuestionable, gran negocio de un turbio sector y proceso irreversible que los hombres eran mercancía comprable y vendible. Podían no ser negros y no estar encadenados, sometidos a una dieta de galletas agusanadas y agua apenas potable, como nos enseñaron en la escuela que había sucedido hasta la Asamblea de 1813, cuando formalmente se decretó la libertad de vientres; a partir de ahí, lucirían pantaloncitos cortos, harían goles magistrales de los otros, los ovacionarían hasta el desgañitamiento y los idolatrarían toda la eternidad que tiene ese un ratito en la historia, por mucho tiempo materializada en la tapa de El Gráfico, reciclando una nueva forma de esclavitud con cadenas de oro que una minoría podría convertir en campos, pizzerías, autos último modelo o starlets en ascenso para ser también materia comerciable en la prensa del corazón.
También que la intrepidez y la ayuda de una sociedad huera, casi al garete, los llevó a intervenir de lleno en la Guerra Fría y ofrecerse como paradigma. Más que nada Armando, que de los tres era que tenía un discurso más articulado y un vozarrón por momentos intimidante, con la para nada despreciable boca de expendio por Canal 11 de formar parte del elenco estable de Tiempo Nuevo, conducido por Bernardo Neudstad, todavía en blanco y negro, el fútbol argentino era el más rotundo mentís de la pregonada lucha de clases que agitaban los comunistas sobre los endebles cerebros de los jovencitos: ¿acaso en las tribunas, todos los fines de semana, no se abrazaban como hermanos hasta el más chancho burgués con el más hediondo zaparrastroso? ¿Eh?
Bueno, eso siempre y cuando, entre otras cosas, tiraran para el mismo lado y en la AFA los clubes chicos no se debatieran como gatos entre la leña ante el arrollador avance de Los Grandes, con River y Boca en primera línea. Pero este tipo de detalles no sólo no llegaban a debatirse públicamente, sino que pudorosamente se los evitaba. El deporte, antes que nada, une a los pueblos.
La casualidad no es determinante, pero existe y suele aportar su granito de arena. El 24 de abril de 1958 los libertadores decidieron privatizar Radio Rivadavia, que ya llevaba 30 años. Se la dieron a dos corporaciones amigas, por supuesto, y ese mismo año se da que muere Edmundo Campagnale, el creador de La Oral Deportiva, un bastión que todavía subsiste, y al que premonitoriamente acompañaba la finura de Enzó Ardigó, director de Radiolandia, crítico de cine y periodista de espectáculos, en el primer ensamble entre estos dos ámbitos que hoy están fundidos. El lugar del pionero fallecido fue ocupado por José María Muñoz, (a) El Relator de América, hombre de confianza del Ejército y uno de los puntales del Mundial 78, y que durante 35 años prácticamente va a monopolizar la información y transmisión futbolera.
Ya estaban todos los protagonistas en la cancha. Faltaba el puntapié inicial.
DE LA TERRAZA AL SUBSUELO, SIN ESCALAS
Acotando al máximo lo témporo-espacial, el de Linker contabiliza todos los lugares comunes de estos asesinatos cuyo incremento, año tras año, va a acortar los lapsos entre uno y otro, para a partir de Puerto Argentino llegar a ser casi una catarata de cadáveres. Por lo tanto, más que obvio, aquel 19 de octubre, hace medio siglo, fue preludiado por una refriega de aquellas entre la hinchada visitante y la Policía Federal, seguida después de una mirada de Yo no fui, a mí por qué me miran por parte del aparato de administrar justicia teóricamente independiente, y la cereza del postre, como no podía ser de otra manera, la AFA, bajo la batuta del frondicista Raúl H. Colombo, produciendo un bochorno público que sigue siendo si alguna vez van a proseguir con de la asamblea pasada a un cuarto intermedio que hasta el momento de estarse tipeando esta bitácora todavía sigue, rendir cuentas jamás, y tras cartón una amnistía al paso que exhibe, para no dejar lugar a dudas, que todos somos iguales ante la ley, pero hay algunos que son más iguales que otros.
Sobre todo, más grandes y poderosos.
Pero lo que no se puede pasar de largo y menos ignorarlo es el editorial del vespertino La Razón que todavía no se había despulgado del asesinato de su abogado, el doctor Marcos Satanowsky, ocurrido el 13 de junio del año anterior, la Cámara de Diputados había nombrado una Comisión Investigadora, Rodolfo Walsh seguía publicando sus informes semanales en Mayoría y estaba a punto de traerse de Paraguay una confesión escrita y firmada de puño y letra sobre la autoría de Américo Pérez Grisen, ex agente de la SIDE y vendedor de armas, y en sus ediciones del martes 21 de octubre de 1958, a dos días del asesinato, cuando por primera vez se anoticia a la sociedad argentina propalando la existencia de unas llamadas barras fuertes. Encima dando detalles, como se verá después. Uno de los cabecillas de esas barras fuertes, para nada casualmente, era el presidente de un club fundado en Sarandí con su hermano menor Héctor, que era el Nº 10 y capitán del equipo, porque si bien eran acérrimos hinchas de Independiente de Avellaneda desde que largaron el biberón, ahí el negocio de traficar con ganado de dos pies estaba copado por un caudillo del fuste y la envergadura de don Herminio Sande, encima punto radical de toda la zona con Crucecita como epicentro. Era Julio Humberto Grondona y lo fundado, patinando con uñas y dientes en la 1ª D para no caerse al vacío, era el Arsenal Fútbol Club, batiendo la zona del Sarandí del viaducto y alrededores, al parecer bastante descuidada de ojos avizores de talentos, porque en la primera parte de los ’50 el Arsenal de Lavallol fue un semillero ya había dado lugar al surgimiento de ejemplares de fuste, tal como Humberto Dionisio Maschio, (a) El Bocha, y Antonio Angelillo, dos de los tres Carasucias de Lima 57, más otras figuras de relieve no sólo nacional como Vladislao Cap y Angel Clemente Rojas, (a) Rojitas, chatarrero de los desperdicios de las fábricas metalúrgicas de los alredores junto a los hermanos Spadone, todos oriundos de Avellaneda y alrededores.
Casi se podría decir que ese trío de centrales fueron algo así como la quinta esencia de los Carasucias, unos mocosos que apenas si alcanzaron a jugar juntos media docena partidos y se convirtieron en leyenda, consagrándose campeones sudamericanos con un rotundo 3 a 0 al Brasil que ya tenía a Pelé en el banco y que partir del año siguiente empezaría a tomar la costumbre de quedarse con la copa Jules Rimet. Era tal la suficiencia y la autoconfianza que El Loco Corbatta solía comentar no sin segundas que la noche del Brasil de Brandao, El Patón Rossi, con un faso colgándole displicente de la boca y la cena a medio digerir, había entrado al vestuario y dirigiéndose al siempre amable DT, le preguntó con toda seriedad:
El Bocha fue vendido al Bologna en una cifra no tan astronómica como la que pagó la Juventus por El Cabezón Enrique Omar Sívori, quizá incluso hasta algo menor de lo que desembolsó el Inter de Helenio Herrera por Antonio Angelillo, pero por ahí anduvo, y terminó su carrera nada menos que en Racing de José de 1967, el primer campeón mundial de clubes, y después con un discreto paso como DT. El circuito montado para esa tierra de nadie de Avellaneda Sur y el ramal hasta Temperley, para no superponerse con los Diablos Rojos de Sande & Cía., estaba formado por Arsenal de Sarandí como punto de arranque, un Quilmes Atlético Club siempre medrando en la 1ª B para no perder la costumbre y utilizado escala técnica para el fogueo porque siempre fue una división donde se aplicó más la suela fuerte que las exquisiteces, y luego catapultarlos vía el Racing Club o River Plate. El artífice de todo eso era un personaje de fuste en toda la zona, públicamente ignorado, sólo rescatado del olvido en el libro que sacó Roberto Perfumo: El Gordo Díaz. Un personaje cuya figura se agranda si se toma en cuenta que en aquellos años no había intermediarios ni gerenciamientos que se parezcan.
Hijos de un ferretero con corralón de materiales, los Grondona no han terminado todavía de cumplir un periplo que por lo menos se puede calificar de singular. Julio Humberto, el más sagaz, cara de póker y frases hechas con tono para nada amistoso, todo lo contrario, para hacer rebotar cualquier interrogante de fondo, va a volver a Independiente en los '70, se va a encaramar en la presidencia y de allí la otra estación fue el máximo sitial de la AFA, el Ministerio de la Pelota, de la mano del entonces todopoderoso Carlos Lacoste como último recurso porque los candidatos que tenía primero le fallaron. Su debut fue hacerle cantar la palinodia en su flamante despacho al morocho Rudolfo Manso, por entonces en Vélez y que había jugado de marcador de punta derecha para el Perú del famoso 0-6 de Rosario en el Mundial 78 y se había atrevido a deschavar, con algunos vinos demás, en la compañía de un exótico auxiliar del Colorado Manuel Giúdice, por entonces DT de los de Liniers, a los que algunos recurrían por las dudas, como era el ex campeón de los medianos Jorge Fernández, luego impulsor de un próspero quiosco solidario como la mutual para la Casa del Boxeador, y en rociada sobremesa compartida le habría confidenciado cómo habían sido los detalles de la vendida. Vaya a saberse cómo, aunque todos lo sepan, fue recepcionado por el oído indiscreto de uno de los periodistas que nunca faltan y ardió Troya.
De ahí en más hasta la fecha, Don Julio ha sido inexpugnable a los cambios de gobierno, movidas de piso, zancadillas y otras delicadezas. Para colmo, a la sombra del brasileño Joao Havelange, consiguió trepar hasta la vicepresidencia en la FIFA que había dejado vacante Lacoste y hoy por hoy es el tesorero de la más grande Multinacional del Entretenimiento masivo, cargo que mantiene a pesar del relevo producido por el ascenso de Joseph Blatter.
Por el otro lado, hasta un enfrentamiento con su hermano mayor, Héctor cosechó como dirigente del Arsenal F.C. y también un retorno a Independiente el récord de ser el dirigente más sancionado por hechos de violencia. No hizo diferencia entre divisiones inferiores de los contrarios, árbitros, lo que sea. Nacer, crecer y sobrevivir, en Crucecita, no es moco de pavo.
Por su lado, para Julio H. todo parecen ser rosas. No sólo un chalet en La Brava de Punta del Este, a un paso de la para nada sobria residencia de Emir Yoma, con quien han emprendido en Buenos Aires más de un considerable negocio inmobiliario, total el cemento, la cal, arena y el canto rodado está asegurado por el corralón de Sarandí, en cuya oficinita sigue atendiendo las discretas cuestiones de la casona de Viamonte al 1300, sino que bajo su sultanato jamás la Argentina ha ganado tanto deportivamente –otro título mundial, un subcampeonato, dos olímpicos, docenas de Copas América y de tantas otras que el hipermercantilismo deportivo no deja de inventar-, pero en el haber tiene la mayor cantidad de muertes de a una, ya que va bordeando los dos centenares, y el desarrollo de los barras bravas como factor autártico de poder, completando la tríada con dirigentes y jugadores en representación de un ideal del Hincha Argentino por antonomasia y con mayúsculas. Lo que jamás se puede decir, a pesar de su pasado violentista no tan lejano -en 1994 casi se come crudo a un árbitro paraguayo en un aeropuerto uruguayo-, que se haya excedido en los primeros tiempos de agarrarse a piñas hasta que saltaba la chocolata o volaba algún diente por un bandera, nada más, a piña limpia, reconocido con bastante cinismo para una tapa de La Nación, a coro con el máximo capo barra brava de entonces, con acceso directo a su despacho de la AFA sin juntar orines como cualquier otro dirigente, que "en la Argentina si no hay un muerto no pasa nada”, es que haya ordenado cualquier acción violenta, menos que menor mandar a matar a alguien. Ni sus más acérrimos enemigos, que los tiene por legión aunque practiquen la adulonería de manera abyecta. Ahora, eso sí, del mismo modo resulta imposible encontrar que haya hecho algo aunque sea para paliar la violencia futbolera. Su creencia legitimadora [Carlos Marx] es que esa violencia está en la sociedad y que por lo tanto es un problema policial donde la dirigencia deportiva no tiene nada ninguna responsabilidad ni nada que hacer como no sea confeccionar los fixtures, imprimir las entradas, nombrar a los referís y sancionar a los jugadores que no observan un comportamiento acorde a lo que mínimamente se puede todavía seguir considerando deportivo. Mientras tanto, todas las semanas, de las arcas de la AFA es de donde salen los dineros para los que van a matar (léase: policías) bajo el rubro servicios adicionales y los talonarios de entradas gratis para los que van a morir, cuando no también a matar (léase: barras bravas), y así poder cumplimentar el vital aliento moral a todo trance. Sin contar el nunca aclarado y pingüe negocio de las falsificación de entradas como el charteo de Súper Barras Bravas a los mundiales, como ocurrió en 1990, donde se tuvo la tupé de embarcarlos en el mismo Jumbo 747 de Aerolíneas Argentinas reservado desde varios meses antes para llevar a los dirigentes e invitados especiales a los que después los discos duros le hacen crash y se olvidan de todo lo que ven, oyen y dicen. En un país de medias lenguas, datos confidenciales, cantidades de no vayas a decir que yo te lo dije, no hay corrillo oficial en que no se lo acuse de borrarse de cuanto puede, que es más escurridizo que una anguila envaselinada y varias cosas más.
Escupidas al ventilador, al fin y al cabo. ¿Por qué los cagones con cargos públicos nunca se le animaron y le dijeron en voz alta lo que sabe todo el mundo?
Todo un fenómeno, no se puede negar.
Un fenómeno bien argentino, por cierto.
Y desde 1956 en la génesis de la violencia futbolera organizada, como fueron las barras fuertes denunciadas por La Razón ya desde octubre de 1958. Amén de contabilizar a su favor, que es lo mejor que sabe hacer, con un respetable monumento en vida, erigido casi medio siglo después de actividad consecuente e ininterrumpida: el Estadio Julio Humberto Grondona, todo de cemento pintado de un celeste azulado y un rojo apagado, por supuesto, que el Arsenal F.C., inauguró casi abajo del viaducto de Sarandí en agosto del 2004.
CUANDO EL PLANETA EMPEZO A SER BIEN CHIQUITO
El viejo Hospital Salaberry, en Mataderos. No hubo manera de apretar a la guardia para cambiar la causa de muerte a la quería la policía. De todas maneras, de noche, cuando la trayectoria trazada lo acercaba a la Tierra, la gente se amontonaba a ver pasar ese puntito luminoso, minúsculo, se creía que con la pobre pichicha adentro, quizá ladrando desesperadamente su angustiosa e ingrávida soledad, podrida que trataran de distraerla con el prendido y apagado de luces rojas de todo tamaño y en todo lugar. La URSS había tomado de manera indubitable la delantera en la carrera espacial para estupor del 99% del pulcro occidente democrático y cristiano. Una multitud de almas súbitamente sensibles para con los animales, en plena Guerra Fría, puso el grito en el cielo por esta nueva y clara demostración de lo inhumano del sistema comunista, totalitario a grado extremo y ateo, como si fuera poco, que solamente perseguía la disolución de una institución sagrada como la familia y la hegemonía mundial, y ahí más encima se la agarraba con uno de los animalitos con que otro ruso, pero como la gente, el profesor Iván Pavlov, nada de tovarich o camarada que el Potemkin ni siquiera había sido botado, quien a principios del siglo XX había elaborado la Teoría de los Reflejos Condicionados sin necesidad de matarlos a los pobres animalitos, solamente engañándolos y haciéndolos ladrar con una lucecita roja que les hacía creer que era comida y salivaban como locos.
Al mismo tiempo mucha gente todavía creía en la súbita aparición del Avión Negro que traería de vuelta al General y no faltaban, sino que abundaban, los que en las noches estrelladas se pasaban horas mirando por donde después pasarían los Sputniks comunistas. A tal punto llegó la mitificación que en 1970 Germán Rozenmacher, Tito Cossa, Ricardo Talesnik y Carlos Somigliana hicieron una obra de teatro que fue todo un éxito. Pero en 1958, todavía vigente poder mencionarlo sólo como El Tirano Prófugo y su paso por el gobierno de casi una década con la etiqueta de La Segunda Tiranía, el susodicho, que ya estaba en la segunda etapa del que iba a ser un largo exilio, luego de la primer parada táctica en el Paraguay del Colorado Alfredo Stroessner, encima que en Caracas le robaron el piano, no las tenía toda consigo. Un aglutinamiento regional de la Gran Logia de los Hermanos Masones, la sociedad secreta más grande en la historia de la humanidad, encabezada por el costarricense José María Figueres Ferrón, que presidía un país considerado paradisíaco por lo privilegiado de su naturaleza y por no tener fuerzas armadas, elecciones libres cada tanto y ningún bochinche de ninguna especie, se había encargado de colectar lo suficiente en las grandes logias caribeñas continentales para acabar con las tiranías que la asolaban. El puntapié inicial fue la de Marcos Pérez Jiménez, que se derrumbó el 23 de enero sin hacer mayores estrépitos. Al mismo tiempo fueron contactados por otros que venían de México y les dieron cuenta acerca de unos barbudos, muy jóvenes y algo aventureros, algunos de los cuales habían participado en el fallido intento de El Moncada: estaban preparando a todo vapor un desembarco en Cuba para derrocar a Fulgencio Batista. Le dieron algo de apoyo monetario, no mucho, porque la Hermandad de la isla siempre había andado por la suya como lo seguiría haciendo, pero al fin y al cabo querían ponerle punto final a otro sangriento despotismo, los hermanos de ahí eran al fin y al cabo también del palo de los de la Escuadra y el Compás, un mantelito en la cintura y saludo con tres dedos, por lo que era un deber fraternal colaborar de alguna manera.





